ARS LONGA, VITA BREVIS

LITERATURA - GRAVESTONE

 

 

GRAVESTONE


Debo reconocer que, en el momento que vi por primera vez el Castillo, no pude evitar sentir un escalofrío recorriendo mi columna. Aquellas torres levantadas hacia la negrura del cielo, inmediatamente me trajeron a la mente los siniestros parajes bizarros, plagados de vampiros y alimañas siniestras que esperaban, pacientes, su oportunidad de actuar en medio de las penumbras.

El clima tampoco era de mucha ayuda. Una fina lluvia amenazaba con convertirse en toda una tormenta. Esto último fue lo que me impulsó a insistir por tercera vez. Golpeé el inmenso portón con aquel puño broncíneo y, por fin, alguien se compadeció de mi suerte acudiendo a mi llamado.

Aquel decrépito ser de rostro demacrado parecía salido de un relato de Lovecraft. Levantó su lámpara y luego de mirarme de pies a cabeza, se limitó a decir:

-- “Mr. Gravestone, le estábamos esperando. Acompáñeme, por favor”.

Me pareció, inicialmente, que aquellas palabras tenían un cierto dejo de alegría, pero luego me di cuento de que cometía un error. No creo que esa mujer haya sabido alguna vez lo que significaba aquella palabra.

Hice caso de aquellas palabras que, más que un pedido, parecía una orden implacable que debía obedecerse a cualquier costo.

Cruzamos un pequeño salón cuya característica mas notable era aquel inmenso cuadro, retrato fiel de mi anfitriona, que supuse estaría destinado a la recepción de los visitantes menos agraciados:

-- “La Señora Marquesa no se encuentra en este momento, pero no se preocupe VD. Dejó indicaciones para que podamos atenderle de la mejor manera”.

Entramos en una especie de escalera de caracol, mientras yo me limitaba a intentar no tropezar, dada la escasa iluminación que la lámpara de mi anciana guía nos proporcionaba. Su cuerpo, delgado en demasía y vestido con aquél rigor victoriano que recordaba a los mayordomos ingleses de antaño se encargaba de proyectar una sombra sobre mi camino.

Muy pronto, la escalera desembocó en un pasillo y pude apreciar, en su esplendor, la genealogía de tan augusta familia. Todo aquel corredor esta plagado de cuadros, algunos de varios siglos de antigüedad, pero debo decirles que aun el menos valioso de ellos tendría un lugar de preferencia en las mas importantes galerías de arte europeas. Allí se resumía todo el poderío que alguna vez tuvo aquella noble familia y que hoy, al igual que aquel castillo, no era más que un cúmulo de piedras y telarañas.

Al final de tan extraño paseo, la anciana se detuvo frente a una de las tantas puertas.

-- “Hemos llegado, Mr. Gravestone. Espero que su habitación le resulte cómoda”, dijo ella.

Se limitó a abrirme la puerta y concluyó, secamente:

-- “La cena se servirá a las 9 de la noche. Procure estar listo para entonces”.

Como un acto reflejo, miré el reloj que guardaba en mi chaqueta, pero este se hallaba detenido desde las 4:16. “Exactamente la hora en que llegue a la estación de trenes” me dije, pero traté de no darle al asunto mas importancia de lo que merecía.

Intenté agradecer la atención a aquella extraña señora, pero lo único que atiné a ver fue el resplandor de la lámpara alejándose por el pasillo. Tomé el poco equipaje del que disponía y me introduje en aquella habitación.



Si el Castillo podría considerarse extraño, aquella habitación no lo era menos. Cada paso que daba era replicado por el crujido de la madera. Como el resto de las dependencias que pude ver en mi breve paseo interior, el techo de lo que habían denominado “mi habitación” estaba adornado por telarañas. Si algo destacaba en ella, era aquel camastro en el cual debería, en un futuro demasiado próximo para mi gusto, descansar mis cansados huesos. Una mesa y su respectiva silla completaban la triste escena.

Continuará...


 

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