A todos nos gustaría creer que existe algo (alguna clase de
ser superior y bueno) que puede intervenir y salvarnos de las cosas
que van mal en nuestro mundo.
La mayoría de la gente siempre ha tenido una creencia de este
tipo que la reconforte. Durante la mayor parte de la historia de la
humanidad, el candidato para este "algo" ha sido Dios (no
importa a qué dios se adorara en cada tiempo y lugar) y ésa
es la razón por la que, en los veranos secos, los agricultores
han levantado sus ruegos para pedir lluvia. Lo siguen haciendo, pero,
a medida que los conocimientos científicos aumentan y se empiezan
a encontrar cada vez más explicaciones a los acontecimientos
de las leyes naturales en vez del capricho divino, mucha gente empieza
a desear un protector menos sobrenatural (y quizá más
predecible).
Por eso hubo bastante revuelo en la comunidad científica cuando,
hace unos cuarenta años, un científico británico,
llamado James Lovelock, propuso algo que cumplía estos requisitos.
Lovelock dio un nombre a su nuevo concepto hipotético: lo llamó
Gaia, por la antigua diosa de la tierra.
Cuando Lovelock publicó la hipótesis de Gaia, provoco
una sacudida en muchos científicos, sobre todo en aquellos
con una mente más lógica que odiaban un concepto que
sonaba tan místico. Les producía perplejidad, y lo más
desconcertante de todo era que Lovelock era uno de ellos.
Tenía fama de ser algo inconformista, pero sus credenciales
científicas eran muy sólidas. Entre otros logros a Lovelock
se le conocía por ser el científico que había
diseñado los instrumentos de algunos de los experimentos para
buscar vida que la nave estadounidense Viking había llevado
a cabo en la superficie de Marte.
Y, sin embargo, a los ojos de sus iguales, lo que Lovelock estaba
diciendo rayaba en la superstición. Peor todavía, cometió
la temeridad de presentar sus argumentos en forma de "método
científico" ortodoxo. Había obtenido las pruebas
para su propuesta de la observación y la literatura científica,
como se supone que debe hacer un científico. Según él,
las pruebas demostraban que toda la biosfera del planeta tierra (o
lo que es lo mismo, hasta el ultimo ser viviente que habita en nuestro
planeta, desde las bacterias a los elefantes, las ballenas, las secoyas
y tú y yo) podía ser considerada como un único
organismo a escala planetaria en el que todas sus partes estaban casi
tan relacionadas y eran tan independientes como las células
de nuestro cuerpo. Lovelock creía que ese super-ser colectivo
merecía un nombre propio. Carente de inspiración, pidió
ayuda a su vecino, William Golding (autor de El señor de las
moscas), y a Golding se le ocurrió la respuesta perfecta. Así
que lo llamaron Gaia.
Lovelock llegó a esta conclusión en el transcurso de
su trabajo científico mientras trataba de idear qué
signos de vida debían buscar en el planeta Marte los instrumentos
que estaban diseñando. Se le ocurrió que si fuese un
marciano en vez de un inglés, habría sido fácil
resolver el problema en sentido contrario. Para obtener la solución,
todo lo que hubiera necesitado un marciano hubiera sido un modesto
telescopio con un buen espectroscopio incorporado. La misma composición
del aire de la Tierra proclama la innegable existencia de vida. La
atmósfera terrestre contiene una gran cantidad de oxigeno libre,
que es un elemento químico muy activo. El hecho de que se encuentre
libre en esas cantidades en la atmósfera significa que tiene
que haber algo que lo esté reponiendo constantemente. Si esto
no fuera así, hace mucho tiempo que el oxígeno atmosférico
habría reaccionado con otros elementos como puede ser el hierro
de la superficie terrestre y habría desaparecido, exactamente
igual que nuestros espectroscopios terrestres han mostrado que cualquier
cantidad de oxigeno que hubiese habido se ha agotado desde hace mucho
tiempo en nuestros vecinos planetarios, Marte incluido.
Por lo tanto, un astrónomo marciano habría comprendido
de inmediato que ese "algo" que repone el oxígeno
sólo podía ser una cosa: la vida.
Es la vida (las plantas vivas) lo que produce constantemente este
oxígeno en nuestro aire; con es mismo oxígeno cuenta
la vida (nosotros y casi todos los seres vivos del reino animal) para
sobrevivir.
Partiendo de esto, la idea de Lovelock es que la vida (toda la vida
de la tierra en su conjunto) interacciona y tiene la capacidad de
mantener u entorno de manera que sea posible la continuidad de su
propia existencia. Si algún cambio medioambiental amenazara
a la vida, ésta actuaría para contrarrestar el cambio
de manera parecida a como actúa un termostato para mantener
tu casa confortable cuando cambia el tiempo encendiendo la calefacción
o el aire acondicionado.
El término técnico para este tipo de comportamiento
es homeostasis. Según Lovelock, Gaia (el conjunto de toda la
vida en la tierra) es un sistema homeostático. Para ser más
preciso desde el punto de vista técnico, en este caso, el término
adecuado es "homeorético" en vez de "homeostático",
pero la distinción solo puede interesar a los especialistas.
Este sistema que se conserva a sí mismo, no sólo se
adapta a los cambios, sino que incluso hace sus propios cambios alterando
su medio ambiente siempre que sea necesario para su bienestar.
Estimulado por estas hipótesis, Lovelock empezó a buscar
otras pruebas de comportamiento homeostático. Las encontró
en lugares insospechados.
En las islas coralíferas, por ejemplo. El coral está
formado por animales vivos. Sólo pueden crecer en aguas poco
profunda. Muchas islas de coral se están hundiendo lentamente
y, de alguna manera, el coral sigue creciendo hacia arriba tanto como
necesita para permanecer a la profundidad adecuada para sobrevivir.
Esto es un tipo rudimentario de homeostasis. También está
la temperatura de la Tierra. La temperatura media global ha permanecido
entre límites bastante estrechos durante mil millones de años
o más, aunque se sabe que en este tiempo la radiación
solar (que es lo que determina básicamente dicha temperatura)
ha ido aumentando interrumpidamente. Por tanto, el calentamiento de
la tierra debía haberse notado, pero no ha sido así.
¿Cómo puede haber ocurrido esto sin algún tipo
de homeostasis?
Para Lovelock resultaba todavía más interesante la paradójica
cuestión de la cantidad de sal en el mar. La concentración
actual de sal en los océanos del planeta es justo la adecuada
para las plantas y animales marinos que viven en ellos. Cualquier
aumento significativo resultaría desastroso. A los peces (y
a otros modos de vida marinos) les cuesta un gran esfuerzo evitar
que la sal se acumule en sus tejidos y les envenene; si en el mar
hubiera mucha mas sal de la que hay, no podrían hacerlo y morirían.
Y, sin embargo, según toda lógica científica
normal, los mares deberían de ser muchos más salados
de lo que son. Se sabe que los ríos de la Tierra están
disolviendo continuamente las sales de los suelos por los que fluyen
y las transportan en grandes cantidades a los mares. El agua que los
ríos añaden cada año no permanece en el océano.
Esta agua pura se elimina por evaporación debido al calor solar,
para formar nubes que terminan cayendo de nuevo como lluvia; mientras
las sales que contenían estas aguas no tienen a donde ir y
se quedan atrás.
En este caso, la experiencia diaria nos enseña lo que sucede.
Si dejamos un cubo de agua salada al sol durante el verano, se volverá
cada vez mas salada a medida que se evapora el agua.
Aunque parezca sorprendente, esto no sucede en el océano. Se
sabe que su contenido de sales ha permanecido constante a lo largo
de todo el periodo geológico.
Así que está claro que algo actúa para eliminar
el exceso de sal en el mar.
Se conoce un proceso que podría ser el responsable. De vez
en cuando, las bahías y brazos de mar poco profundos se quedan
aislados. El sol evapora el agua y quedan lechos salinos que con el
tiempo son recubiertos por polvo, arcilla y, finalmente, roca impenetrable,
de manera que cuando el mar vuelve para recuperar la zona, la capa
de sal fósil esta sellada y no se redisuelve.
Más tarde, cuando la gente la extrae para sus necesidades,
la llamamos mina de sal. De esta manera, milenio tras milenio, los
océanos se liberan del exceso de sal y mantienen su concentración
salina.
Podría ser una simple coincidencia que se mantenga este equilibrio
con tanta exactitud, independientemente de lo que ocurra, pero también
podría ser otra manifestación de Gaia.
Pero quizá Gaia se muestre a sí misma con más
claridad en la manera que ha mantenido constante la temperatura de
la Tierra. Como ya hemos dicho, en los orígenes de la tierra,
la radiación solar era una quinta parte de la actual. Con tan
poca luz solar para calentarse, los océanos deberían
haberse congelado, pero eso no ocurrió.
¿Por qué no?
La razón es que por aquel entonces la atmósfera terrestre
contenía mas dióxido de carbono que en la actualidad
y éste, afirma Lovelock, es un asunto de Gaia, ya que aparecieron
las plantas para reducir la proporción de dióxido de
carbono en el aire. A medida que el sol subía la temperatura,
el dióxido de carbono, con sus propiedades de retención
del calor, disminuía en la medida exacta a lo largo de milenios.
Gaia actuaba por medio de las plantas (indica Lovelock) para mantener
el mundo a la temperatura óptima para la vida.
¿Es real Gaia?
Texto extraído de "La ira de la tierra",
escrito por Isaac Asimov y Frederik Pohl