Desde
aquel lugar podía apreciarse todo el valle. El profundo verde
de los montes contrastaba con el frío azul del cielo de aquella
mañana. En medio de todo eso, el Bidasoa serpenteaba en el
valle buscando el camino al mar. Los sonidos propios de aquella zona
reemplazaban el ruido del pueblo, la tranquilidad reemplazaba a la
tensión del funeral.
Allí, sentado en su silla de piedra, estaba él,
aferrado a sus rodillas como si en ello se le fuera la vida. Tenía
puesta la txapela de mi abuelo y al lado de su mano izquierda la
infaltable botella de vino.
Sabía que talvez me equivocaba al quedarme allí,
pero decidí sentarme a su lado sin decir una palabra. Él
seria quien rompería el silencio:
-- Me acuerdo de aquél día en que tu abuelo nos
trajo aquí por primera vez a tu padre y a mí. Aquella
vez él aclaro su garganta y en tono solemne nos dijo: “Hijos,
miren aquel río que corre a vuestros pies. Hoy es la marca
que divide a dos Estados, pero algún día será
el símbolo de unión de un pueblo, nuestro pueblo…”.
Bebió otro trago de la casi vacía botella y, luego
de pasear nuevamente su mirada por el fondo del valle, continuó:
-- Yo era demasiado joven para entender el significado de esas
palabras. Tu padre, que me llevaba dos años sí que
llego a entenderlas y mucho. Al final yo terminé olvidando
el incidente con el tiempo. Pobre viejo… vivió toda
su vida detrás de su sueño, una vida tan llena de
dificultades que desmoronaría hasta al mejor pintado. Lo
dio todo por nosotros, por su familia, pero yo lo único que
hice fue crearle mas y mas problemas.
Suspiró profundamente, intentando ahogar algo que subía
por su garganta y al final lo dejo salir:
--¡¡Ahora el viejo ya no está!! ¡¡Nunca
podré pedirle perdón por todas mis burradas!!
Luego de ello no hubo nada en el mundo capaz de contener aquel
mar de emociones que acababa de romper el dique que lo contenía.
A mi me sorprendió ver a mi tío llorando, pues durante
años se había ganado la fama de duro y frío
entre los que le conocíamos. Llegué incluso a sentir
lástima de aquel hombre totalmente desmoronado y solo atiné
a tomarle de la mano, esa misma manaza con la que aplastaba a cuanto
se le cruzara por delante cada vez que se embriagaba.